Visita con el ginecólogo

No existen las preguntas tontas, lo tonto es quedarse para siempre con la duda.

De lo que no hay duda es que se te escapará la risa con este relato de la escritora Mónica López en la consulta del ginecólogo. ¿Te preguntas tú también esas cosas?

Se me echa encima la cita con el ginecólogo y estoy por depilar.  Nunca sé hasta dónde en estos casos. Si llevo un felpudo recatado, que no es habitual en mí, puede pensar que hace tiempo que no pasa un jardinero a regar mis flores ni a alegrar mi jardín. Si voy en exceso depilada me da la impresión que es como una declaración de intenciones porque justo ese hombre va a mirar más a mis labios que mis ojos, para entendernos, sería como ir con la boca perfectamente perfilada y pintada al dentista.

Así que mientras voy pasando mi depiladora eléctrica por salva sea la parte, me voy creciendo y pese al dolor y la embarazosa postura, como en el más animado de los limbos pienso ‘un centímetro más, otro más’…

La última vez que visité aquellas dependencias ya fue bastante curioso por ponerle un adjetivo. Un hombre entradísimo en años y canas con bata inmaculada me invitaba a tomar asiento mientras él seguía tecleando y daba instrucciones a la enfermera. No me miró apenas ni a la cara, solo repitió mi nombre en tono de pregunta a lo que afirmé rápidamente.

Seguramente tendría capacidad plena para trabajar, pero me pareció que aparentaba unos setenta años como poco. Después de cuatro preguntas literalmente de guión de ginecólogo me indicó que pasara a la camilla y que me estirara sin ropa de la cintura para abajo. Puede resultar de idiotas, pero justo en medio de mi striptease solo parapeteada por una cortina beige a metro y medio de la mesa del especialista femenino me pregunté si los calcetines también se consideraban ‘ropa de la cintura para abajo’. Echando un vistazo a mis piernas blancas más bien entraditas en carne y acabando radicalmente en mis calcetines marrones no recordaba más que alguna escena ridícula de Pajares, Esteso o el maestro Landa. Cuando la enfermera me preguntó si estaba lista casi me arranqué los calcetines mientras asentía y me sentaba en la camilla, para que luego se cuestione que no podemos hacer más de dos cosas a la vez.

La camilla de exploración ginecológica es lo más parecido a un potro de tortura, en el que irrediablemente acabamos mirando el techo como si la cosa no fuera con nosotras. Nos convertimos en nórdicas para hacernos las suecas de la manera más natural posible. Porque todas nos decimos unas a otras ‘chica, que no pasa nada, para ellos es como verte la cara’ pero en el fondo, cuando nos toca, todas miramos al techo y nos preguntamos aquello de: ‘¿me habré depilado bien?’ Ya cuando logramos evadirnos hasta podemos enumerar la lista de la compra o hasta contar los agujeritos que hay en las placas del techo, pasando por decidir la ropa del día siguiente o hasta simular alguna conversación ficticia con alguien.

La cuestión es que hallándome yo en tan indigna postura teniendo mis rodillas más alejadas que los límites de mis caderas, con algo parecido a un babero de comer calçots cubriendo mi pelvis y vislumbrando yo la cabeza del señor mayor a las 12, justo a la altura de mi horizonte, sentado y trabajando en mi centro más íntimo, oigo una voz como desde abajo ordenando: ¡tosa! Como vi que la enfermera no se inmutaba y seguía apuntando febrilmente en un papel, supuse que sería a mí, así que extrañada y por si no era así, emití una especie de breve tos interrogativa. No puedo evitarlo, estoy predispuesta a que me manden. La última vez que un médico me ordenaba toser me estaba auscultando por la espalda. La voz insistió más alto: ¡tosa! Por segunda vez y de forma tímida volví a lanzar una tos envuelta en carraspeo. Su tercera vez fue más taxativa y clara: ¿Puede toser por favor? dijo incorporándose de entre mis piernas. Extravagante orden desde un especialista de esa índole, pero la situación y su tono me convencieron enseguida para acabar con aquello.

Después mi amiga Rosa, enfermera ella, me aclaró que es parte de la exploración para comprobar si los músculos de mi vagina o esfínteres se comprimen con elasticidad pero con la fuerza necesaria como para que no me dejen en incómodas situaciones caso de espontáneos estornudos y torpes toses. Y yo que creí que auscultaba algo desde mi primer chakra… es que algunas tenemos el corazón entre las piernas, y así nos va.

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