El hilo de Ari

Como cada noche, Ari esperaba con impaciencia que su madre acudiera a su habitación para arroparla, mientras le contaba por enésima vez el mito de Teseo y el minotauro.

Ari cerraba los ojos y se convertía por unos minutos en Ariana, hija de Pasífae y del rey Minos de Creta. Veía claramente como su amado Teseo, ataba en la entrada del laberinto el hilo de lana que ella le había dado y lanzándole un beso, se adentraba para buscar al monstruo. Tras darle muerte al minotauro, el valiente Teseo desandaba el camino guiado por el hilo y salía triunfante del laberinto dónde ella lo esperaba con una sonrisa. El padre de Ari se quejaba de que aquellas historias no eran apropiadas para una niña tan pequeña pero Ari creció rodeada de mitología griega.

A punto de cumplir los trece, su madre le regaló una camiseta con el nombre de Ícaro bordado en el centro. Solo ponérsela ya notó como las manos de Dédalo unían a su espalda dos grandes alas cubiertas de plumas pegadas con cera. Su insaciable curiosidad por todo lo que la rodeaba la hizo volar tan alto que al final, tal y como le sucedió al hijo de Dédalo, el sol derritió sus alas y su frágil cuerpo cayó en el mar de la leucemia.

La tercera sesión de quimioterapia la cogió con peor ánimo al recordar las náuseas y vómitos provocados por las anteriores. Echada en la cama tenía la vista fijada en aquel contradictorio goteo de veneno que cura. Cerró los ojos, como hacía de pequeña y volvió a ser Ariana. Esta vez viajó hasta la isla de Eea en busca de Circe, hermana de su madre Pasífae y diosa con el poder de transformar en animales a todo aquel que la ofendía. Circe acarició la bolsa de quimioterapia llenándola de microscópicos peces de colores que nadaron por la corriente sanguínea de Ari devorando hambrientos cualquier resto de malignidad.

Y Ariana volvió a ser Ari. Y se pintó por primera vez de rojo las uñas y los labios. Hizo cola con sus amigas durante horas para poder tocar a sus ídolos en concierto. Y accedió a salir con ese chico que le llenaba el whatsapp de poemas.

Sentada frente al espejo del baño, se cepillaba la nueva y hermosa melena que ya lucía hasta la cintura. No le dio tiempo a cubrirse los ojos cuando el espejo reflejó a Medusa con sus cabellos convertidos en serpientes y la visión la dejó petrificada. La leucemia volvía a estar presente en su vida.

La segunda vez fue peor. Virus que encharcaron sus pulmones, quimioterapia más agresiva y la necesidad de radioterapia para dejar un campo limpio donde cultivar la ansiada nueva médula.

Los párpados pesaban tanto que los ojos se cerraron solos. Allí estaba ella, sola, perdida en el gigantesco y maldito laberinto. Buscó desesperadamente a Ariana, a Pasífae, a Dédalo a Circe pero no aparecían por ninguna parte. Estaba sola. Respiró profundo, alzó su mano derecha, la apoyó en la pared del laberinto y empezó a andar. Caminó durante muchos días pero nunca quitó la mano de la pared.  Hasta que divisó la salida y una vez fuera del laberinto, se encontró a sí misma, esperándose con una sonrisa y un hilo de lana en la mano.

Ari y su entorno siempre han sido un ejemplo de alegría y perseverancia ante la adversidad, quienes han luchado y seguirán luchando contra la leucemia a través del PROYECTO ARI.

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