María la gorda

obesidad

Decía el Dr. Shigeaki Hinohara que la ciencia por sí sola no logra curar o ayudar a las personas.

Y añadía: “la ciencia nos trata a todos como una sola cosa, pero las enfermedades son individuales. Cada persona es única, y las enfermedades están conectadas con sus corazones. Para entender las enfermedades y ayudar a las personas, necesitamos de ARTES liberales y visuales, no solamente la medicina”.

Os dejo un precioso relato y dibujo de Carol GP:

“El día de Año Nuevo María alcanzó los doscientos quilos. Su sobrepeso no era fruto de la mala alimentación, ni de una vida sedentaria, ni de la herencia genética, ni de un desajuste en su metabolismo. Su endocrino, tras años de tratamiento, posó su mirada en un punto impreciso de la túnica floreada que envolvía a María y declaró que algo raro estaba ocurriendo. Algo raro no es la respuesta de un médico, se dijo ella, preguntándose si aquel funcionario de la sanidad pública sería capaz al fin de invertir la dirección en las agujas de su báscula. Quiso contestarle cualquier cosa, maldecirlo quizá por haberle hervido la puñetera vida (patatas hervidas, acelgas hervidas, pescado hervido, judías hervidas, zanahorias hervidas). Lo que no sabían era que María la Gorda se atiborraba de nostalgias.

La noche de su alumbramiento, María rechazó el pecho de su madre. Tiene los pezones pequeños, concluyó su ginecólogo; desconocía que la diminuta criatura se había saciado de la tristeza que empañaba la mirada de la enfermera. Más tarde, intentaron alimentarla con biberón, y lo cierto es que daba algún sorbo, pero apenas probaba la leche y su boquita se abría en un bostezo y se quedaba completamente dormida. Su madre empezó a inquietarse, pero el pediatra logró tranquilizarla: el peso de la niña progresaba favorablemente. A los ocho años se produjo en el cuerpo de María un cambio que sería ya irreversible. Siempre había sido un bebé rollizo (las nostalgias se paseaban por el barrio cogidas de la mano y a veces se colaban en la casa apresadas en los labios de su madre). ¿Qué pasó entonces para que María pasara de ser una graciosa niña rellenita a ser una verdadera obesa? La culpa la tuvieron los boleros.

Por esa época se trasladó a los bajos de su edificio un nuevo vecino. Era contable y se pasaba la mayor parte del día en la oficina. Cuando llegó el domingo (una eterna mañana a salvo del papeleo y de los porcentajes), desde la galería de su casa empezó a ascender la voz de Antonio Machín entonando Parece que fue ayer. La vecina del tercero segunda estaba en ese momento tendiendo la ropa y, sin previo aviso, le azotó en el rostro un baile de fiesta mayor. De pronto los quince años recién cumplidos, y el grupito de críos bajo el escenario, y los primeros acordes de la orquesta, y una balada, y ¿quieres bailar conmigo?, y las manos de su primer amor vacilantes en su cintura mientras las banderolas de papel arrancaban al viento un murmullo a cañaveral. Ese día María engordó tres kilos. Al domingo siguiente fue Carlos Gardel y el malhumorado vecino del ático con la vista nublada de desamor.

Y a partir de entonces una legión de domingos y todos los boleros del mundo escalando el patio de luces, robando nostalgias a cada uno de los vecinos. Cómo han pasado los años, y la vecina de los bajos en su cuarenta cumpleaños mirándose en el espejo, cómo han cambiado las cosas, no le dolían las patas de gallo, ni las líneas de expresión coronando sus labios o su frente, lo que le dolía era no reconocerse y aquí estamos frente a frente, como dos adolescentes, que se miran sin hablar. Y la pareja de viejecitos del primero asomados al balcón, adoro la calle en que nos vimos, la noche cuando nos conocimos, las manos tomadas sobre el abismo de la barandilla, una vez nada más, se entrega el alma, y lo que les mataba era admitir en silencio que fue otra la calle, otra la noche, las que ellos adoraron, por separado. Cómo han pasado los años, las vueltas que dio la vida. Y María la Gorda que ya no entraba en los vestidos.

Fue entonces cuando empezaron a hervir su vida. Por la mañana, una tisana y una rebanadita de pan integral (y en la panadería, la panadera escuchaba a Strauss mientras dejaba escapar la vida entre panecillos de Viena); al mediodía, acelgas hervidas y un ridículo filete de ternera (y en la carnicería, el carnicero, que era gallego, ostentaba con orgullo su morriña a corte de cuchillo); por la noche, patatas al vapor con pescado hervido (y en la pescadería, la pescadera, ante la mirada de un rodaballo tendido sobre cristalitos de hielo, soñaba con unas vacaciones tumbada en las playas de Creta). Y por la mañana vuelta a empezar con la tisana y la rebanadita de pan integral (y otra vez la panadera imaginando un vals que ya nunca bailaría). Y las agujas de la báscula siempre hacia adelante, y la maldita dieta hirviéndole la vida, y la mirada de su endocrino perdida entre las flores del tejido, y algo raro está pasando… Y María la Gorda a punto de estallar.

Con los años, y de una manera apenas consciente, María alcanzó a saborear los distintos matices que le brindaba la melancolía. De ese modo aprendió a distinguir que los días de lluvia en verano sabían a regaliz y a hierbabuena, y eran diametralmente opuestos a los días de lluvia en invierno, que poseían la untuosidad de la salsa de ruibarbos. Un atardecer en el campo tenía el crujir del maíz recién tostado, y un melodrama en blanco y negro sabía a ostras y a caviar. Acostumbrada al sinsabor de la comida hervida, la vida se le antojaba ahora como un inmenso bufet repleto de los mejores manjares. Aprendió a desgranar amores perdidos presos en el interior de una granada y a apresar los sueños rotos que colgaban de un racimo de uvas. Olvidó por completo las tisanas, las rebanaditas de pan integral, el pescado hervido y, con la exquisita actitud de un sibarita, desayunaba mañanas de plomo aderezadas con suspiros. Guardaba en la repisa del salón tarritos de cristal que, a simple vista, parecían estar vacíos. Algunas noches, en especial aquellas en las que los recuerdos se atascaban en algún punto de su inmenso cuerpo, se acercaba a uno de los frascos y lo abría, como quien se sirve un buen bourbon. Unos contenían la caída de las hojas en otoño; otros, el paso de las nubes en un cielo azulísimo; algunos guardaban el sol de mayo estrellándose en un patio trasero; el tacto de los geranios; las noches de jazmín; incluso había encerrado en ellos una tarde de domingo y una noche de tormenta, la brisa marina, el crujir del fuego y una merienda de pan con chocolate. Le gustaba especialmente pasear por tiendas de anticuario, con su gusto a galletitas mojadas en té frío. Los cementerios tenían el intenso sabor del tocino ahumado y las cantinas portuarias las bebía en tazas de mate.

Y así llegó el día que María la Gorda alcanzó los doscientos quilos. Una semana más tarde moriría de un infarto al corazón. En el momento de la autopsia, el médico forense al sesgar su piel con la afilada punta del bisturí dejó escapar la voz de Carlos Gardel y, con ella, todos los boleros del mundo, los bailes de fiesta mayor, los atardeceres en el campo, las mañanas de plomo, las noches de jazmín. Se elevaron hasta el cielo y sobrevolaron la ciudad, el crujir del maíz recién tostado y la untuosidad de las salsa de ruibarbos, cómo han pasado los años, las vueltas que dio la vida. Un nudo se estrechó en la garganta de cada uno de los habitantes y, entonces, el mundo dejó de girar. Solo por un instante, mientras el cuerpo de María la Gorda se desinflaba poco a poco, hasta casi desaparecer.”

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