Fibromialgia

Fibromialgia et al.

Un texto de Raul Calvo Rico, médico de familia, que dedica a todas esas mujeres (y algún hombre) que padecen fibromialgia, a la soledad en la que se encuentran con su dolor, a la desesperanza a la que se enfrentan cuando buscan hasta la saciedad alguna otra respuesta y no la encuentran. 

“Lo siento pero no me cae bien. Mira que lo intento, pero nada. Se me hace insoportable esa seguridad en si mismo, el manejo que tiene de los espacios, de los chistes, de los silencios. Es todo una representación por y para él, con nosotros de palmeros. Y lo que más me revienta es que estoy segura de que lo sabe, de que para él el cuarto de baño de sus casa por la mañana es un camerino, me imagino el espejo rodeado de bombillas y unos pañuelos de papel sobresaliéndole del cuello de la camisa mientras se maquilla para la función. Ya se que es mucho imaginar, pero no puedo evitarlo.

En la sala de espera acumula auténticos clubs de fans, groupies que le seguirían en peregrinación como si fueran judíos detrás del Mesías. Yo permanezco callada y me limito a escuchar y observar. Aquello da para un estudio de sociología, si no me dolieran tantísimo los hombros y el cuello. Nadie me dirige la palabra. Soy forastera, recién aterrizado en el pueblo al calor de los precios a los que casi regalan los chalets que habían quedado pendientes de liquidar de los tiempos de la crisis.

Fue llegar al pueblo y empezar con los dolores. Es verdad que los cincuenta minutos de coche no me los quita nadie, tragándome enterito el programa del Herrera mientras el tipo que habla del tráfico se refiere a mi como “retenciones de varios kilómetros” en la carretera de Extremadura. Ese verdad que cuando consigo aparcar en el cercanías y me siento en el vagón, mi cuerpo parece autónomo, empeñado en convertirse poco a poco en el muñeco de vudú de un gigante cabronazo capaz de encontrar con sus alfileres cada uno de los tendones de mi cuerpo y hundirlos hasta provocar una descarga eléctrica insoportable.

Pero llevo ya casi seis meses sin ir a trabajar, enviando por fax los papeles de la baja, soportando las consultas mecánicas de la mutua, cada vez con un tono más irónico, cada vez con miradas más desconfiadas. Llevo ya casi seis meses harta de ir a fisioterapeutas, harta de que me soben la espalda, me claven agujas, me den descargas eléctricas, me tuesten con infrarrojos, me estiren, me contraigan, me vapuleen como si fuera un buey de Kobe. Llevo ya casi seis meses entrando y saliendo de aparatos ultramodernos, sentándome en mesas duras y frías, colocando en posturas diversas cada una de mis extremidades mujeres con batas de plomo, viendo como mi sangre rellena tubos y tubos, sintiendo uno tras otro pequeños calambres que se registran en papeles que insisten en decir que no tengo nada.

Que no tengo nada, excepto que me duele hasta la vida.

En realidad el pobre tampoco ha hecho nada para caerme mal. Me tutea como si llevara una vida conociéndome, pero yo creo que si no mirase mi nombre en la lista antes de salir a llamarme, no tendría ni idea de cómo me llamo. Es verdad que se sienta a mi lado, que se lee atentamente los informes que le traigo de todos los especialistas, las pruebas que me van haciendo, es verdad que parece preocuparle el muñeco de pmpampum en que me están convirtiendo.

Pero no puedo evitarlo. Le trato de usted porque noto que le incomoda, como concediéndome a mi misma esa pequeña infamia. Luego, cuando me pregunta cómo me encuentro, tengo la sensación que de verdad le importa, que detrás de esa pregunta hay algo más que el formalismo de imprimirme un nuevo parte de confirmación. Y me deja hablar. Me da vergüenza contarle que cada día estoy peor, porque cuando lo digo por ahí, ya siempre veo incredulidad, desconfianza, hartazgo. Así que cuando le cuento que apenas puedo girarme en la cama por la noche, que ducharme es todo un esfuerzo, escudriño sus ojos absolutamente segura de que, aunque sea solo por un segundo, también él se revelará como un desconfiado y un gilipollas.

Lo que pasa es que el tipo se calla y me deja soltar todo lo que me duele, que es un océano, y por más que le miro y le remiro, que me falta biopsiarle ambos globos oculares, no termino de ver la desconfianza y me parece que me la quiero inventar más que otra cosa. Así que me callo para ver cómo reacciona, a ver con qué me salta, ahí callado sin dejar de mirarme, con el pelito entrecano, los vaqueros y las botas de moderno que no le pegan ni con cola.

Se toma un minuto y cuando habla, me mira a los ojos, y empieza a contarme un rollo sobre una enfermedad un tanto especial, difícil de definir, que si no tiene pruebas para diagnosticarla, que si no se sabe la causa, que si esto, que si lo otro. Y entre medias escucho la palabra crónica y ya no he escuchado nada más. Le interrumpo cuando estaba en plan médico de la tele, gustándose. Me parece que le ha molestado un poco, o a lo mejor es sólo otra de mis pequeñas infamias. Que se joda.

 “¿Pero es que voy a estar yo con este dolor toda la vida?”

Noto como le sube y le baja la nuez. Está tragando saliva, buscando las palabras justas. Mala señal. La palabra justa para mi era un NO rotundo, pero no es esa la que oigo, y ya no me interesa oír ninguna más. Desconecto. Cuando vuelvo del tercer anillo de Saturno, el cuello me duele como si la cabeza me pesara dos toneladas. El está callado de nuevo. Ha imprimido mi parte de confirmación y está esperando que reaccione. Cojo los papeles y mientras me pongo de pie le rebato sus argumentos: yo no puedo tener eso, yo tengo que tener algo que se cure de un modo u otro y todos estos meses sean un mal recuerdo.

Se levanta para despedirme. Me ha dado otra cita en un par de semanas. Me pide que piense en ello, me escribe una dirección de internet para que busque información. Soy muy fría al despedirme. Lo siento, pero es que no me cae nada bien.”

Imagen: Andrik Langfield

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